martes, 24 de noviembre de 2009

Luna.

Fue entonces cuando me di cuenta. Tú no supiste ser estrella porque tú habías estado predestinada desde un principio para ser luna. Las estrellas no son más que destellos de luz demasiado comunes, como almas disfrazadas que tratan de engañar a nuestros sentidos, que deciden jugar medio descalzas con el tiempo. Una mente tan dulce no podría pasar desapercibida entre tanta bombilla natural, incluso después del proceso de amargura más propia. Tú tenías el derecho de ocupar el mejor rincón, el siempre eterno, el del colmo de la excentricidad y la sencillez al mismo compás. Debías ser el centro de todas las miradas, y el de la mía como preferencia. Y las estrellas huirán, como huyen los locos que sueñan entre tanta cuerda realidad. Y tú seguirás ahí, sobre París, sobre Madrid o sobre donde quiera que pueda llorarte. Tú seguirás ahí pendiente de mi trayectoria circular, colgando de un hilo como títere del cielo, sin entender cómo tornarme estrella o cómo desbancar tu lugar de reina del te quiero...

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