lunes, 15 de septiembre de 2008

Erróneo destino.




Esperanzas hechas trizas, ilusiones derrumbadas. Sus raíces detuvieron los caminos del futuro, y el color que hoy le protege fue el causante de mil juicios.
Un desvío en el sendero le condujo a los errores. Invitó a la soledad entre lágrimas, entre lejanas estaciones.
El infierno se vistió de convivencia. Y el demonio utilizó su mejor máscara, mostrándose entre las magulladuras que el maltrato le sirvió.
Huyó su infancia tras retazos de crueldad, tras desiertas calles adornadas por la luna.
El destino entregó a la condena, el alma de quien lo creó. Del mismo que aportó tras su despedida, la breve calma de la que empezó a pertenecer.
Perdió el cariño de una madre fiel a carriles de blanco polen. E intentó hallar una falsa recompensa entre las piernas de ángeles de madrugada, de princesas de las esquinas.
Envidiosa, la justicia quiso formar parte de esta historia. Saqueó su juventud entre paredes de represión.
Ocultó el dolor bajo corazas y escudos que lo aislaban del único oxígeno capaz de alimentar a un corazón. Creció sin una mano a la que agarrar, con el triste anhelo de un vagabundo preso de la realidad.
Abandonó el papel del ingenuo menor retenido. Y recibió a la calle como un posible abrigo en el que poderse refugiar. Retuvo en su mente la imagen de un agrio pasado, y decidió partir y empezar un libre camino. El error que cometió fue el de no saber cuál de los desvíos expuestos escoger. Falló en la elección, y de nuevo los problemas y disputas se apoderaron de su alma.
Empezó a flaquear la leve educación que había recibido, y no halló otra salida que la de aliarse con la eterna enemiga de su niñez. Aquella que había hecho de su único pilar, simples cenizas enganchadas a la dama cocaína.
La delincuencia, su bandera y las sucias calles, su patria. Robar dejó de ser una extraña diversión, era ya un claro principio con el que sobrevivir.
Tras oscuros años huyendo de cuarteles, el destino castigó a su libertad. Encerró entre humillantes barrotes, a una víctima de la perdición. No obtuvo peor condena que la de reconocer en lo que se había convertido: un triste reflejo del negado referente que lo crío.
En ocasiones nos obsesionamos tanto con aquello que odiamos de quien nos rodea, que no nos damos cuenta de lo que en ese justo instante nos estamos convirtiendo.
Pese a todo, seguía ocultando bajo aquella rasgada mirada, la inocencia de aquel niño que soñaba con huir de la vida que se le había otorgado. Y entregaba aún, a sus más fieles recuerdos, los pedazos de dulzura que creaban las esquinas de esperanza que a su mente lograban cautivar. Quizás aquella dura condena fuese la mejor arma que utilizar en el combate de la delincuencia. Y en definitiva, la más acertada elección que encarrilase a aquel sendero, que los malos tiempos y los inciertos desvíos, habían hecho naufragar.